Parte I

La delantera conversó en exclusiva con la mundialista de Estados Unidos 1999 y medallista panamericana de Winnippeg 1999 y Santo Domingo 2003. La mexiquense habla de su carrera futbolística, su paso por el extranjero, y de su transición de las canchas al banquillo.

La niña y el futbol

Fátima Leyva Morán, hija de Alejandro y Angélica, tenía cuatro años cuando supo lo que era el futbol. Lejos del Estadio Azteca, en la colonia Santa Cruz Tlapacoya, de Ixtapaluca, Estado de México, su padre, jugador llanero y gran aficionado del club América, la llevaba a partidos de futbol. Por otra parte, su madre solía decirle exaltada: “¡Niña! Te vas a ensuciar ese vestido, estate quieta por favor”.

Adornando la sala de su casa, hay fotografías enmarcadas; sobresale el número ocho en la espalda o en el pecho de la camiseta, destaca la playera de la selección, pero también la del club estadounidense Indiana FC. Figuran también recuerdos de sus visitas a otros rincones del mundo: Panamá, Australia, República Dominicana o Sevilla.

En contraste, está una imagen de sus 15 años, en la cual lleva puesto un vestido rosa, tiene los labios pintados de carmesí y un pequeño tocado en el cabello que se opone a la banda deportiva de su cabeza en otras imágenes.

De niña pasó de jugar “cascaritas” con sus vecinos, “Los Bambanes”, a patear pelotas en el Guadalajara, un equipo de Ixtapaluca…

Futbol de verdad

“Hija, te conseguí un equipo”, anunció el padre de Fátima una tarde al regresar de su trabajo. “¿En serio, de niños?”, preguntó. “No, de niñas…”, respondió el hombre, aunque en realidad se trataba de mujeres de diferentes edades; 18 tenía la menor, pero había hasta de 32 y la esposa del entrenador tenía 38. Fátima contaba con apenas 12 años cuando llegó al Guadalajara.

Tlapacoya Junior, equipo del mismo barrio, se medía ante el Guadalajara: pelea segura. Entre lodo, agua, montañas y hoyos, Fátima con el Guadalajara, y Denisse Ireta González con el Tlapacoya Junior, protagonizaban batallas entre patadas y orgullo. Años después, compartirían cancha y camiseta con la Selección Nacional.

Fines de semana dedicados a un futbol en el que se jugaban no sólo los tres puntos, sino el honor. Gritos y, a veces, hasta golpes, eran el aderezo de cada partido.

Luego de algunas temporadas con el Guadalajara, la hija de los Leyva se unió a su acérrimo rival. “Yo era muy buena y no me podían detener en la delantera, pero de pelear contra tres, mejor me uní al enemigo; de todas formas siempre me pegaban”, confiesa Fátima sobre aquellos años.

Cuando Fátima dejó las canchas de la colonia Del Mazo, y emigró al sur del Distrito Federal, conoció otro tipo de futbol, aunque no menos apasionado. Así, recuerda los combates a morir en los torneos nacionales: Estado de México contra Distrito Federal, Distrito Federal contra Jalisco, Nuevo León contra Distrito Federal… “El futbol era futbol”, sentenció.

En la siguiente entrega, Fátima Leyva llega al equipo de Rayos Sur, un conjunto de futbol rápido que le serviría de catapulta para la Selección Nacional.

Adria Vega

@NellyAtlas