Opinión: Oliver Mancera

Aquí presento la segunda parte de mi trabajo sobre el consumismo; en las líneas siguientes, se ejemplificará cómo las personas que manejan el poder de las grandes industrias o del sistema en sí piensan y ven a las personas. Cómo, por medio de estrategias y técnicas pensadas de forma perversa, encaminan, guían de la mano, de forma amorosa, a los instrumentos de su poder.

Dicho modo de aplicar la democracia es muy atractivo: “yo pude elegir”, decimos, y nos sentimos muy orgullosos de tener ese derecho consumista. Les invito a pensar siempre en escenarios alternativos. ¿De verdad puede llamarse elección aquella decisión que va entre tener una vida de producción y trabajo o vivir con el miedo a tomar esa primera opción?

En las mentes de estas personas, está la idea de poder proporcionar servicios, pues, aunque sean de mala calidad, las personas lucharán, trabajarán y morirán por no perder estos supuestos privilegios a los que nos hacemos acreedores con el sudor de nuestra frente.

La ética del trabajo que nos convierte en “el consumista perfecto”

El aporte de la ética del trabajo a los esfuerzos para reducir el número de mendigos fue sin duda invalorable. Después de todo, la ética afirmaba la superioridad moral de cualquier tipo de vida (no importaba lo miserable que fuera), con tal que se sustentara en el salario del propio trabajo.

Se esperaba que, cuanto más se degradara la vida de esos desocupados, cuanto más profundamente cayeran en la indigencia, más tentadora o, al menos, menos insoportable les pareciera la suerte de los trabajadores pobres; es decir, de los que habían vendido su fuerza de trabajo a cambio de los más miserables salarios. De manera que segurían siendo mendigos, pero mendigos sin autonomía y a su servicio.

En pocas palabras, lo que se intentaba era que las personas prefirieran tener un trabajo, aunque fuera miserable o paupérrimo, a vivir de la ayuda del gobierno para, en consecuencia, seguir producir para el Estado a bajos precios y costos.

Gertrude Himmelfarg, historiadora estadounidense, en su monumental estudio sobre la idea de la pobreza, revela esta perspectiva oculta,

Los mendigos, como las ratas, podían efectivamente ser eliminados con este método; al menos, uno podría apartarlos de su vista. Solo hacía falta decidirse a tratarlos como ratas, partiendo del supuesto de que “los pobres y desdichados están aquí sólo como una molestia a la que hay que limpiar hasta ponerle fin”.

Para concluir, citaré a un psicoanalista llamado Erik Erikson:

“La eficacia se vuelve el motor de la tarea y puede transformarse en un conformista y esclavo de la tecnología y de los explotadores.”

Estas palabras toman más sentido al leer las líneas anteriores. Es el ejemplo perfecto de lo que muchos de nosotros nos convertimos, en el consumista perfecto.

Ahora sabiendo esto, ¿qué vas a hacer?

 

 

Bibliografía:

Bauman, Z (2000), Trabajo, consumismo y nuevos poderes, Ed Gedisa