Opinión: Oliver Mancera

Presento la última parte de mi trabajo sobre el consumismo; espero que lo disfruten.

J.L. y Barbera Hammonds (periodista y escritor británico):

“Los únicos valores que las clases altas le permitían a la clase trabajadora eran los mismos que los propietarios de esclavos. El trabajador debería ser diligente y atento, no pensar en forma autónoma, deberle adhesión y lealtad sólo a su patrón, reconocer que el lugar que le correspondía en la economía del Estado era el mismo que el de un esclavo en la economía de la plantación azucarera. Es que las virtudes que admiramos en un hombre son defectos en un esclavo. “

La palabra <<esclavo>>, hoy en día, con tantas leyes y una civilización con tantos adelantos, parecería obsoleta. Por poner un ejemplo: una persona que trabaja, en un sitio donde no tiene un contrato o, si lo tiene, se lo renuevan cada mes, donde pasan semanas y no tiene sus días de descanso, un lugar donde los jefes reportan ante el seguro social que gana una cantidad mucho menor de la que gana en realidad, un lugar donde te dicen “si no quieres trabajar hay cientos atrás de ti esperando la oportunidad”. Es claro que no golpean al “trabajador” con un látigo o tienen cadenas, pero sí existen cadenas y látigos simbólicos, aquí está una nueva clase de esclavos, gracias a las zonas grises de la ley o, más simple, porque se puede hacer y se permite. No seas uno de ellos.

James Watt (ingeniero mecánico e inventor escocés) sostuvo en 1785 que los demás hombres, cuyo esfuerzo físico era necesario para dar cuerpo a las ideas de los inventores, “debían ser considerados sólo como fuerza mecánica en acción… apenas deben utilizar el razonamiento”.

Por otro lado, Richard Arkwright (industrial inglés) decía que era difícil educar a los seres humanos para que “renunciaran a sus desordenados e ineficientes hábitos de trabajo, para identificarse con la invariable regularidad de las máquinas automáticas”. Esas máquinas sólo podían funcionar correctamente si eran vigiladas en forma constante; y la idea de pensar diez o más horas por día encerrados en una fábrica, mirando una máquina, no les hacía gracia alguna a esos hombres y mujeres llegados del campo.

Al parecer, hoy en día es más fácil que la gente renuncie a sus derechos, gustos y dignidad que en otros tiempos. Imagínate este escenario de perdición:

Promovamos la producción en masa de todas las tecnologías, accesorios o cualquier otra cosa, que antes de una semana de haber salido a la venta ya está a la venta la siguiente versión más nueva, más linda, más rápida y con colores maravillosos; cosas que definen a la clase que pertenecemos o aspiramos y que, con tanto poder, nos dan tanta “seguridad”, y vivamos al son de estos gritos…

… Que vivan los empresarios que nos dan trabajo con jornadas laborales de 12 horas y sin días de descanso.

… Que vivan los héroes que nos dan la educación que tenemos.

… Que vivan los jefes que hay que obedecer sin preguntar, sólo por el hecho de estar en ese puesto.

… Por último, que vivan todas las personas que dejamos que todo esto siga pasando.

Ahora piensa: ¿Qué tan diferente es esto de tu realidad?

El poder de cambio está en ti; en que cada uno de nosotros se concentre en sí mismo, y rompa con el absurdo pensamiento de que no puede cambiar al mundo. El mundo evoluciona, para bien o para mal, a partir de las personas que creen en ese cambio.

 

Bibliografía:

Bauman, Z (2000), Trabajo, consumismo y nuevos poderes, Ed Gedisa